jueves, 27 de enero de 2011

en memoria del doctor josé c. soto. c.


así, a la distancia, desde este mi refugio
apartado de hospitales, me acerco
y te saludo con el ánimo de siempre;
tú sabes que no soy de despedidas
a orillas de una cama.

charlemos, pues, en calma,
seré el escucha que gustaba
de ver en tus recuerdos
y tomaba para sí algunos ejemplos
(como aquellos mis primeros pasos de karate
donde el miedo se hizo flaco,
el sabor dulzón del moscatel u oporto,
o el olor de un libro del joven  vargas llosa...)

podría conversar contigo días, meses, años...
porque no tengo palabras para decirte adiós
y no quiero doblegarme a la tristeza
-como tú no habrías querido que pasara-;
no reniego de la muerte ni maldigo
y con gusto acepto haber leído aquella carta
por mi libro, que no enviaste, mas deseabas;

anda tío, dame un abrazo,
como el último de los primeros de diciembre, 
y llévate algo del amor de padre que me diste;
que los dos sabemos que la vida es una
y la vivimos, cada quien a su manera,
y si antes nos unió la sangre y el cariño,
hoy nos liga un veintisiete de enero compartido.

viernes, 14 de enero de 2011

semblanza: Dr. José C. Soto C.


Hoy no quiero escribir un poema o un cuento, sino hacer la semblanza de una persona a la quiero mucho y de quien heredé el gusto por la medicina y la pasión por las artes. Me refiero al Dr. José C. Soto C.: tío, padre, padrino, maestro, hombre inteligente y gran amigo. A él dediqué Ángeles de barro, libro que mi hija Ireri le entregó hace poco menos de quince días (me habría gustado hacerlo personalmente, ¡pero de él aprendí también esa obsesiva responsabilidad por el trabajo!).

Realizó sus estudios en un seminario franciscano en la ciudad de Celaya y Querétaro. Siendo apenas un chiquillo dirigía ya la revista del colegio, donde escribía artículos y poemas; y en ausencia del director del coro, no dudaba en tomar la batuta y dirigir a sus compañeros. Allí aprendió latín, francés e inglés, así como a ejecutar un poco el piano y el acordeón. Dada su capacidad intelectual y académica, en el ámbito monástico se hacían planes para que, en el futuro, continuara su preparación en el Vaticano. Pero Carmelo ―como era conocido― tenía sus propios proyectos y antes del término del noviciado anunció a sus superiores su intención de no renovar sus votos y decir adiós a la vida eclesiástica. En represalia, fue “degradado” a realizar trabajos “indignos” hasta el término del año académico. Sin embargo, lo más terrible fue volver al mundo sin certificado de estudios de secundaria y preparatoria. Se inscribió como alumno en la única escuela secundaria del pueblo, pero impartía clases de inglés. Trabajó un tiempo como agente del ministerio público, pero no estaba dispuesto a pasar el resto de su vida en una oficina como burócrata; se armó de valor y, en compañía de algunos amigos y del poco dinero ahorrado, se vino a la Ciudad de México a continuar su preparación. Sin cartas de recomendación, sin conocer a nadie, traspasó la seguridad del Banco Nacional de México y se metió hasta las oficinas de un alto ejecutivos quien, tras comprobar que el joven ante él no buscaba otra cosa que un empleo, llamó severamente la atención a su jefe de vigilancia y ofreció al desconocido un puesto como cajero. (Aún sonríe al recordar la anécdota.) Como si trabajar y estudiar no fuera suficiente, se dio espacio para comandar a un grupo de jóvenes aventureros (Estudiantes Jerecuarenses Unidos, EJU) para crear un periódico cultural que repartían anónimamente en su pueblo natal. Ingresó a la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde obtuvo uno de los promedios más altos de su generación. Durante este tiempo y por muchos años, conformó con varios miembros de la familia Soto Carrillo un grupo (“El clan”) encargado de becar a los mejores estudiantes dentro de la familia para que siguieran sus estudios en la Capital. Al terminar la licenciatura se casó con Clemencia Hernández ―su novia de siempre―, y se especializó en Gastroenterología en el Centro Médico Nacional del IMSS. Le fue ofrecida una beca para seguir su especialización en Estados Unidos, pero el amor por sus dos hijas, entonces muy pequeñas, y sus “becarios”, lo hicieron rechazarla. Decidió regresar a Jerécuaro, Guanajuato y dedicarse a la práctica médica privada. Desde entonces han pasado aproximadamente 32 años…

Tío: échale ganas, tu esposa Clemencia; tus hijos Pat, Aidi, Gabriel, Citlali y Alejandra; tus nietos; tus hijos adoptivos (sobrinos) y hermanos, esperamos tu recuperación. Yo no puedo dejar pasar la oportunidad de agradecerte los dos poemas que me dedicaste, luego de más de cuarenta años de haber abandonado la poesía; te esperamos, aún hay muchas cosas por platicar,



Manolo.

jueves, 13 de enero de 2011

donde la noche abre la puerta, aguardas


Donde la noche abre la puerta, aguardas,
pasajero de un tren que ya no vuelve,
vigilante de sombras que a escondidas
entran a casa como a su propia morada

eres tú, quizás, el viento que se arroja firme
en ese jugueteo inquieto que acaricia la madera,
que muerde su árida osamenta de árbol
y hace tanto negó la redención al cielo

sólo serás tú, y todas tus sombras,
el destino que aguarda en la otra calle
el paso de un tren que ya no vuelve
y entre sueños para su rechinar de hierros


Imagen tomada de la red.

sábado, 1 de enero de 2011

libro Ángeles de barro (II)


PRESENTACIÓN

Toda práctica de la subjetividad nos convierte en islas, nos separa de ese inmenso continente, protegido por las murallas de la objetividad, que es la realidad de la muchedumbre. Y nadie más subjetivo que el poeta. Nadie más isla. Por eso el ejercicio de la poesía puede ser tan desolado. El poeta emite señales desde un peñón en medio del océano. Espera que alguien —un barco a la deriva, un ojo en tierra firme— las capte y responda. A veces esto es posible: alguien contesta. Pero sólo lo hace una vez o dos. Luego pide paciencia y guarda silencio. El poeta continúa emitiendo señales.

Ángeles de barro, la colección que José Manuel Ortiz Soto ha hecho de sus poemas escritos entre 1981 y 1991, ilustra esto perfectamente. En efecto, se trata de una poesía altamente subjetiva, en donde el autor registra para nosotros un mundo percibido a través del sentido de la pérdida; una poesía desolada, grave, en donde el cielo y la tierra —lo que debe vivir y lo que no pudo vivir— se enfrentan y se complementan en una angustiosa dialéctica sintetizada en la figura uránica y telúrica del ángel de barro.

Asistimos a la enunciación de una poesía literalmente visceral: llena de uñas, de sangre y carne y piel, de cadáveres y seres de la tierra, de vida orgánica, pero también de vida mineral, de la vida de la piedra y de la vida del cielo. Y de la Muerte, así, con mayúscula: la Muerte como ese vacío que todo lo devora, la muerte como pérdida. La muerte como presencia constante e ineluctable.

No es gratuito que abunden en este libro los animales: moscas, lombrices, lagartos, serpientes, sapos, murciélagos, perros callejeros, lobos: los seres que están más cerca de la sangre, de la descomposición, del agua y la tierra primordial, del retorno a lo inorgánico. Por eso hay ciénagas, putrefacción, entrañas.

Dios está también, un poco, como un padre cansado que no puede más que presenciar pasivamente el drama de sus hijos; un Dios un poco como el de César Vallejo.

Ciertamente, se trata de un mundo oscuro, orgánico, tisular, en el cual se asoma a veces el mundo urbano, mineral, con sus calles y sus espacios abiertos, vertiginosos, inertes: el espacio de la ausencia, el vacío que deja el amor.

Formalmente, llama la atención la unidad —dentro de su variedad— que presentan estos poemas reunidos durante diez años. Aunque ocasionalmente el poeta invoca la fuerza del verso alejandrino y el versículo, predominan los endecasílabos, ya en su forma de soneto clásico, ya combinándose con otros metros. El resto lo conforman versos libres, irregulares en su aliento pero muy parejos en su calidad. Son sencillos a la manera en que más difícil resulta ser sencillo; es decir, son precisos. Eso llama la atención en este libro: la celebrable puntería con que el poeta lanza sus palabras; cómo en su trayecto por el aire estas palabras se transforman, se cargan de un lenguaje violento atormentado, y nos llegan convertidas en imágenes palpables, en realidades sensibles: el cielo herido, sangre, tierra.

Del libro leído en conjunto, de su compromiso con una experiencia vital antepuesta a todo, aprendemos que la poesía puede ser un método para abrazar la vida, para poner el dedo en las llagas de la muerte. Y recuerdo a Proust: “La vraie vie, la vie enfin découverte, et éclaircie, la seule vie par conséquent réellement vécue, c'est la litterature”.


Agustín Cadena