sábado, 1 de enero de 2011

libro Ángeles de barro (II)


PRESENTACIÓN

Toda práctica de la subjetividad nos convierte en islas, nos separa de ese inmenso continente, protegido por las murallas de la objetividad, que es la realidad de la muchedumbre. Y nadie más subjetivo que el poeta. Nadie más isla. Por eso el ejercicio de la poesía puede ser tan desolado. El poeta emite señales desde un peñón en medio del océano. Espera que alguien —un barco a la deriva, un ojo en tierra firme— las capte y responda. A veces esto es posible: alguien contesta. Pero sólo lo hace una vez o dos. Luego pide paciencia y guarda silencio. El poeta continúa emitiendo señales.

Ángeles de barro, la colección que José Manuel Ortiz Soto ha hecho de sus poemas escritos entre 1981 y 1991, ilustra esto perfectamente. En efecto, se trata de una poesía altamente subjetiva, en donde el autor registra para nosotros un mundo percibido a través del sentido de la pérdida; una poesía desolada, grave, en donde el cielo y la tierra —lo que debe vivir y lo que no pudo vivir— se enfrentan y se complementan en una angustiosa dialéctica sintetizada en la figura uránica y telúrica del ángel de barro.

Asistimos a la enunciación de una poesía literalmente visceral: llena de uñas, de sangre y carne y piel, de cadáveres y seres de la tierra, de vida orgánica, pero también de vida mineral, de la vida de la piedra y de la vida del cielo. Y de la Muerte, así, con mayúscula: la Muerte como ese vacío que todo lo devora, la muerte como pérdida. La muerte como presencia constante e ineluctable.

No es gratuito que abunden en este libro los animales: moscas, lombrices, lagartos, serpientes, sapos, murciélagos, perros callejeros, lobos: los seres que están más cerca de la sangre, de la descomposición, del agua y la tierra primordial, del retorno a lo inorgánico. Por eso hay ciénagas, putrefacción, entrañas.

Dios está también, un poco, como un padre cansado que no puede más que presenciar pasivamente el drama de sus hijos; un Dios un poco como el de César Vallejo.

Ciertamente, se trata de un mundo oscuro, orgánico, tisular, en el cual se asoma a veces el mundo urbano, mineral, con sus calles y sus espacios abiertos, vertiginosos, inertes: el espacio de la ausencia, el vacío que deja el amor.

Formalmente, llama la atención la unidad —dentro de su variedad— que presentan estos poemas reunidos durante diez años. Aunque ocasionalmente el poeta invoca la fuerza del verso alejandrino y el versículo, predominan los endecasílabos, ya en su forma de soneto clásico, ya combinándose con otros metros. El resto lo conforman versos libres, irregulares en su aliento pero muy parejos en su calidad. Son sencillos a la manera en que más difícil resulta ser sencillo; es decir, son precisos. Eso llama la atención en este libro: la celebrable puntería con que el poeta lanza sus palabras; cómo en su trayecto por el aire estas palabras se transforman, se cargan de un lenguaje violento atormentado, y nos llegan convertidas en imágenes palpables, en realidades sensibles: el cielo herido, sangre, tierra.

Del libro leído en conjunto, de su compromiso con una experiencia vital antepuesta a todo, aprendemos que la poesía puede ser un método para abrazar la vida, para poner el dedo en las llagas de la muerte. Y recuerdo a Proust: “La vraie vie, la vie enfin découverte, et éclaircie, la seule vie par conséquent réellement vécue, c'est la litterature”.


Agustín Cadena
















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